Un bollo de leche y una chocolatina

Cuando éramos pequeñas, mis hermanas y yo nos deteníamos cada mañana de camino al colegio en un despacho de pan y leche, que era como entonces se llamaban esas tiendas diminutas donde apenas cabían dos o tres personas y solo se podían comprar algunos artículos básicos, como los bollos de leche y las chocolatinas para el almuerzo del recreo.

Bastantes años después, cada vez que paseo por la calle Las Mercedes de Valladolid, no puedo evitar volver la vista a ese local , que hoy ya solo alberga unas frías máquinas de snacks, y regresar a mi infancia rememorando el aroma a bollería recién hecha, con su aspecto dorado sobre el mostrador y ese brillo tan especial y único.

Han vuelto a transcurrir varios meses desde la última vez que escribí en el blog. Ha pasado justo un año desde la marcha de Manuel Erice y, aunque el tiempo dulcifica todas las ausencias, algunas son especialmente tristes y difíciles de sobrellevar.

Querido Manolo, te echo tanto de menos…sin duda sabes muy bien que acudiría a ti en infinidad de momentos para pedirte consejo.

Qué meses tan intensos: dos campañas electorales, un nuevo Gobierno autonómico, despidos de muchos compañeros, cambios… He trabajado como nunca, y también como nunca he sufrido ingratitud y sentimiento de soledad. Por eso, después de tantas y tan sentidas lágrimas, del vacío y de las decepciones amargas, necesitaba vacaciones tanto como respirar.

Linarejos, el sitio de mi recreo, mi casa rural, mi refugio, ha sido nuestra primera parada. Pasé los primeros días muy enfadada a causa del mal tiempo. Nos parecía casi imposible que España entera estuviera a casi 40 grados y nosotros no superásemos los 16º y sin ver el sol. Hemos tenido un tiempo otoñal, como el que sentía dentro de mí antes de irme, pero tal vez por eso este año apenas hemos discutido, ni ha habido grandes enfados. Nos hemos sentido más unidos que nunca, indestructibles…

Hemos saboreado cada día, cada hora, cada minuto… niños y mayores, felices en nuestra casa, rodeados de castaños y brezo, lobos y ciervos. Hemos estado en el lugar donde queríamos y- sobre todo- necesitábamos estar, especialmente yo, a quien urgía tomar aire y pensar.

Sé que me toca una vez más ser junco y doblarme al paso del viento, para volverme a levantar cuando este deje de soplar. Yo, tan dada a esperarlo bien erguida, debo aprender a reservar mis fuerzas para ocasiones que realmente lo merezcan. 

He vuelto a sonreír en Linarejos. Allí se aprende que el mirador más privilegiado de la tierra puede ser una roca desgastada en mitad de la nada. Allí unas manos agrietadas recuperan su brillo con jabones de sosa y manteca de la matanza…y allí, cada noche te regala un manto de estrellas fabulosas como la que se enredó en tus dedos hace ahora justo un año, Manolo, y te llevó hasta los confines del mundo.

Gracias, Linarejos, por devolverme la fuerza que pensé que ya no tenía. Mientras el coche se alejaba, de vuelta a casa, veía hacerse pequeñitos Peña Redonda, el castaño de Pingus, la tía Pura, su manteca y sus jabones, el castillo de ’Mancanas’ y la bella Santa Cruz coronando un paisaje perfecto.

Me tranquiliza saber que seguirán ahí, aguardando fieles nuestro regreso una y otra vez, siempre que necesitemos recuperar fuerza y valor.

Gracias a los momentos vividos en los escondites de Pingus, me han venido a la memoria otros también marcados por la lluvia, pero realmente maravillosos, como nuestro viaje a Liverpool para recoger a María después de su estancia en la Universidad de Manchester.

Cuánta música en sus calles para devolvernos la sonrisa, para cargarnos de esperanza con los mejores acordes de nuestro grupo fetiche. Allí bajamos a The Cavern…

Visitamos la habitación blanca de Lennon…

Y bailamos entre los paraguas.

A pesar de los agobios, no he querido dejar de hacer dulces. Son esa puertecita a la magia, a lo bello, a que siempre sea fiesta. He descubierto una increíble tarta de moka y chocolate…

Preparé una coqueta Red Velvet para el cumpleaños de mi sobrina Marta

Y sí, he llevado porciones de fiesta a nuestras mesas familiares, abriendo de ese modo la puertecita mágica…

Durante las tardes frías y lluviosas de estas vacaciones, hemos hecho gofres y cookies, aunque también brioche y esponjosas ensaimadas para desayunar. Pero ya tengo decidido llevarme el año que viene un cargamento de chocolatinas que acompañaremos de brillantes bollos de leche para almorzar. Dime, querido Manolo, si eso no es rozar la perfección…

Por encima de las nubes

sol-nubes_1204-19Hace un año que no escribo en el blog. A veces, me llegan correos sobre nuevas visualizaciones, personas que se asoman a él, que me envían mensajes, que siento que están ahí y esperan algo más de mí…

Han pasado muchas cosas en un año. Pero justo ahora, que de modo especial recordamos a los que ya no están con nosotros, no puedo evitar pensar que el acontecimiento que ha partido mi año en dos, que lo ha transformado y sacudido como un terremoto, ha sido la muerte de mi amigo Manuel Erice. Hoy, solo tres meses después, se le ha concedido a título póstumo el Premio de Periodismo Francisco de Cossío a la trayectoria profesional, un galardón que, sin duda, hubiera logrado por méritos propios antes o después, pero que lamentablemente no podrá celebrar como muchos hubiéramos deseado. Aun así, es una gran noticia para los que tanto lo hemos querido. “Salvo catástrofe, estaremos allí” me ha dicho su hijo esta mañana, exactamente la misma frase que pronunció su padre cuando le pregunté en mayo si podríamos vernos con motivo de un viaje mío a Washington.

2018 quiso que nos reencontráramos y, gracias a ese viaje, pude ser una de las últimas personas en verlo aún sonriente y lleno de esperanza en la vida. Un abrazo largo e intenso sirvió de preámbulo a un desayuno “con café rico, aunque sea americano”, donde nos faltaba tiempo para tanta confidencia, para tanta y tan incondicional amistad.

Cuánto te extraño, Manolo, cuánta falta me hacen tus sabios análisis en medio de esta mediocridad cansina que todo lo inunda…

Creé este blog para hablar de dulces. Dulces que nos ayudan a contemplar todo lo que nos va ocurriendo con una sonrisa. Cierto es que el azúcar se ha convertido en el veneno de nuestro tiempo, pero las fragancias que me inspiran siguen oliendo a manzanas asadas, a bizcochos que crecen con suaves toques de limón y vainilla, al chocolate mágico de los hechizos.

Por eso, en mi noviembre de melancolías, volví a abrir los armarios y rebuscar entre las harinas, levaduras y esencias para llenar mi casa de buñuelos

Huesitos de santo

Y tartas con frutos rojos

que con sus colores vibrantes me anuncian nuevamente la Navidad.

He recordado que en nuestro viaje a Washington, visitamos a los amish en el Condado de Lancaster. Me inspira mucha paz aquel lugar donde se ha detenido el tiempo en la llegada de los colonos suizos y alemanes a Norteamérica. Es extraño, pero ellos conviven con absoluta naturalidad con visitantes y curiosos sin que eso altere sus costumbres, ni sus ritmos. Al entrar en una de las granjas, nos invadió el aroma a pretzels en el horno, que luego degustamos como si no hubiera manjar mejor en el mundo.

He sacado de mis armarios la cajita con el preparado para pretzels que compré en aquella granja. Y mi casa se ha vuelto a llenar de ese aroma que me transporta otra vez al último encuentro con Manuel.

 

 

 

 

 

Mientras preparo un café, revuelvo fotos en las que estoy con él. Todas me hacen sonreír, pero la que más me gusta, que no es ni mucho menos la mejor, es una que nos hicimos en el mirador del Empire State Building durante nuestro primer viaje a Nueva York y que, tiempo después, le regalé para que la pusiera sobre la mesa de su despacho, cuando se fue por primera vez a la sede nacional de ABC.

Aquella noche nos sentíamos dueños del Universo, felices, inmortales… cerca del lugar donde estás ahora, Manolo, por encima de las nubes…

 

 

La luz de la tormenta

Cierro los ojos y me siento allí, en mi paraíso, el lugar de mi recreo. Ojalá me estuviera permitido retener los momentos, a mi familia unida, el olor de la miel, la suavidad del musgo.

La tarde que salimos de nuevo hacia nuestras vidas y rutinas, Linarejos se quedó atrás, acunado por la luna llena de aquellas noches, rendido a los pies de Peña Redonda, atrapado en la bruma de esa sierra arisca y mágica.

Del último viaje, me quedo con una frase de mi madre: cada verano tiene una tormenta y no se puede evitar, ha de llegar. Es cierto, y esta vez también lo fue. Pero las tormentas tienen un extraño poder. Una vez que descargan, con toda su furia, todo es más brillante y las fragancias antes inexistentes se expanden milagrosamente, como si hubieran estando esperando en su escondite la llegada de la lluvia. Lluvia purificadora, que se lleva la suciedad y nos devuelve el resplandor.

Con el sol aún alto, se produce cada año nuestro comienzo. Yo lo sé y no me engaño. Siempre quedan por llegar días cálidos, pero necesitamos la energía que nos proporciona este lugar antes de iniciar el curso, de retornar. Pase lo que pase, venga quien venga, esté quien esté, creo que no dejaré de volver a buscarlo, y lo presiento desde el día en que fijamos nuestra mirada en aquellas piedras oscuras, a veces tan inhóspitas, tan nuestras.

Pienso en mi última entrada del blog y sonrío. Por increíble que parezca, voy a enlazar las últimas ramitas de muérdago con las próximas, ya a punto de llegar, y en medio de todo eso, tantísimas vivencias que este año me han hecho crecer. Ha habido momentos muy duros, para mí y para los míos, y si tengo que pensar en una mano firme que me sostuvo en uno de ellos, no dudo en identificarla: Juana Mari en Mallorca, durante nuestra travesía a La Cabrera, también en una tarde de tormenta, frente al mar, acompañándonos la una a la otra, en silencio, respirando ese mar

Esta imagen me dio la paz entonces, y me la ha seguido dando muchos, muchos días. Gracias, Juana Mari, por esa delicadeza inmensa que te caracteriza, por esa voz suave como un bálsamo y por toda la calma que me devolviste.

He intentado imaginar un dulce que me recuerde aquel atardecer, aquella luz reflejada en el agua, después de la tormenta, tan brillante cuando llegábamos al muro con la Zodiac… y, no sé por qué, he pensado en mazapanes, mazapanes aterciopelados y cubiertos de un glaseado sedoso, mazapanes como ella, que parece que no están, pero están y al final son el bocado más delicioso.

No me parece mala idea preparar unos mazapanes ahora que se acerca la Navidad, y me he acordado de una pieza que fotografié durante una cena en un restaurante de Burgos, y que me encantó cuando vi llegar el plato

Así que he hecho mi versión rescatando la receta de los huesitos de santo, porque a mí, personalmente, es el mazapán que más me gusta, el más fino y versátil pues sirve también para cubrir pasteles y tartas, o para hacer figuritas tan cucas como este ratoncito.

Ingredientes:
200 g de almendra molida
150 g de azúcar
55 ml de agua
15 ml de amaretto (1 cucharada)
Azúcar glas
Y tendremos unos 370 gr de mazapán.
Elaboración:
En un bol ponemos la almendra molida.
En un cazo ponemos agua, amaretto y azúcar.
Cocemos a fuego medio hasta que el azúcar se diluya y el almíbar se vuelva transparente. Añadimos el almíbar a la almendra hasta obtener una pasta. Hacemos una bola, la envolvemos bien en film transparente y la guardamos en la nevera.
Antes de usar el mazapán lo sacamos de la nevera para que se ambiente. Con una pequeña cantidad de azúcar glas lo amasamos un poco y hacemos lo que teníamos pensado, como unas estrellas, por ejemplo:

Que también se pueden tostar un poco en el horno:

Miro todas las fotos de estos meses, la mayoría llenas de luz y colores. Algunas, ya otoñales, tan mágicas como esta seta del bosque, que encontramos en nuestra entrada en Galicia, haciendo el Camino de Santiago:

Me entristece este frío que se cuela entre los burletes, las mañanas de hielo, las ventanas húmedas. Solo me inspira soñar que se acerca un tiempo de estrellas blancas, suaves y aterciopeladas como el mazapán. Y que tras él, volverán los colores de brezos y abejas a la estación de Linarejos, donde reinará Peña Redonda, una vez más.

 

Las bayas de la prosperidad

Nunca os he hablado de mi amiga Nuria Peña. Nos conocimos hace años, cuando ella recaló en Valladolid para incorporarse al equipo de un programa de televisión, en el que ejerció como co-presentadora, llenando la pantalla de luz y sonrisas. Nuria es una de esas pequeñas hadas que viven entre nosotros y parecen personas normales, de no ser porque tintinean cuando pasan a tu lado.

Cuando finalizó su contrato y se vio obligada a regresar a casa en otra ciudad, a la búsqueda de un nuevo trabajo, a la aventura que no cesa, hicimos un pacto: cada año nos reuniríamos en la fecha de los Santos Inocentes para saber de nuestras vidas, para abrazarnos y reírnos y entregarnos el muérdago que, antes del 31 de enero, debe colgar de una de nuestras puertas hasta el 13 de diciembre siguiente: la fiesta de Santa Lucía.

Desde entonces, todos los 28 de diciembre, Nuria y yo nos encontramos en Los Zagales de la Abadía, como si no hubiera pasado el tiempo, pero con nuestro muérdago en el bolso y la emoción de descubrir qué ha sido de nosotras a lo largo de ese año: bodas, trabajos, separaciones, hijos, alegrías y tristezas son compartidas, mientras brindamos y sonreímos a la vida al abrigo de una amistad que no se resiente, por más que pasen los años.

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Mi cadena de muérdago es cada vez más grande. Nuria fue la primera en regalarme ese ramito invernal que, desde la antigüedad, se considera una planta con poder para traernos suerte, salud y prosperidad. Solo por el hecho de mantener su color verde durante todo el año, es símbolo de vida eterna, aunque al secarse adquiere un tono dorado y posee unos frutos parecidos a las perlas.

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Ahora que ha comenzado ya la primavera, parecen quedar muy lejos los días en los que voy preparando mis ramitos y mensajes para que familia, compañeros y amigos los vayan colgando de sus puertas, soñando con la buena suerte.

Mientras el muérdago va envejeciendo y adquiriendo su color dorado, los árboles de la calle se abren milagrosamente a la vida. Prunos y almendros han florecido y empiezan a crecer los atardeceres, la señal inequívoca de que el día se apodera de la noche. Llega la pascua y los panquemaos, las ceremonias y sus mesas dulces y las celebraciones que se alargan en los jardines.

Pienso en un dulce para retener esos momentos y mi mente la inunda mi abuela Benilde y esas flores maravillosas de masa frita que nunca he sabido hacer, tan tradicionales durante los carnavales, Semana Santa y Pascua, como las hojuelas, torrijas y rosquillas. A veces, no es necesario buscar la sofisticación de un pastel muy elaborado para culminar una fiesta. Casi siempre lo especial reside en lo más sencillo y artesanal, pero hecho con paciencia y mimo.

Pero sí disfrutaba especialmente de un pastel de masa frita, inventado por cierto por un confitero de Valladolid en el año 40: el abisinio. Buscando y rebuscando, he logrado dar con una receta, mezcla de varias de las que aparecen en Internet, que ha hecho posible que salieran desde mi cocina a la mesa mis primeros abisinios:

Ingredientes: 250 grs. de leche, 30 grs. de levadura fresca prensada o 10 grs. de levadura seca de panadería, 60 grs. de azúcar, 15 grs. de azúcar vainillado, 75 grs. de mantequilla a temperatura ambiente, 2 huevos M, 500 grs. de harina de fuerza y 1 cucharadita pequeña de sal.

Se mezclan el azúcar, harina y sal y se añaden la leche y la levadura. Lo último en incorporarse es la mantequilla. Se deja reposar. Se extiende la masa y se cortan los bollitos con un cortador ovalado. Se dejan levar y cuando los bollitos han crecido, se fríen en abundante aceite de girasol. Se abren, se cubren con azúcar y se rellenan con crema pastelera.

Ahí están, como le gustaban a mi abuela, tan dorados como mis bayas de la prosperidad y, al igual que esas hojitas y esos frutos parecidos a las perlas, llenos de promesas.

Hasta que se seque el malecón

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Los últimos meses han transcurrido para mí a una velocidad de vértigo, casi sin tiempo para vivirlos de modo consciente. Pocos días después de mi última entrada, me desperté invadida por una luz brillante y cálida. Se colaba el sol entre los listones de la balconada y me asomé a la calle. Peña Redonda reinaba en lo alto y bajo mis pies, una alfombra de hortensias y lavandas me recordaba que un año más estaba ahí, en una aldea olvidada por los políticos, a quienes no importan demasiado unos pocos votos de ancianos, tan ocupados como están en sus disputas bizantinas. Lo que no imaginan es lo muy por encima que se encuentra esta sencilla gente, entre cuyos privilegios está vivir sin grandes ataduras y respirar el mismo aire que lobos, castaños y corzas.

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Nadie como ellos ve asomar la luna entre los perfiles ondulantes de la sierra, ni conoce la magia de las blancas piedrecitas de Pingus. Nosotros, sí, y no hay tiempo suficiente en el mundo para agradecer ese regalo.

Al cerrar los ojos, pienso en los primeros cuadernos de firmas de nuestra casa, “El mirador de las Candelas”, y en los versos de una niña de seis años que, casi en un abrir y cerrar de ojos, con las primeras luces de este verano, celebró su boda. No fue en Linarejos, pero el sol resplandecía sobre los tejados de otro pueblo pequeño, engalanado con espigas y paniculatas para acompañar a una novia joven y radiante: mi sobrina Irene, quien me encargó su ‘candy bar’,  en los colores de su vestido de novia, blanco y azul, los que nos transportan a las nubes y a ese cielo donde bailan. Una ‘naked cake’ de fresas y cerezas, como ella quería, ocupaba el centro de su salón de baile, en un lugar mágico y campestre sobre el Duero, tan luminoso como su sonrisa aquel día claro de julio.

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Cierro los ojos de nuevo y me invade la luz del otoño. Vuelve a lucir un sol claro sobre las aguas del Duero, y nuevas paniculatas y hojas rojizas de arce adornan las bodas de plata de mi hermana Carmen. Con todo el mimo del mundo, cubrí la máquina de coser de mi abuela con una mantilla de color marfil, alrededor de la cual creé una mesa dulce otoñal, con macarons, gominolas, nubes y rojas manzanas de caramelo:

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Tengo la sensación de volar cuando veo en el calendario el discurrir de los días, y me preparo para hornear mis primeros panettones y cortar las ramitas de muérdago, la planta que los celtas creían portadora de suerte, salud y prosperidad, antes de que adquiera su característico tono dorado, del que sobresalen unos frutos parecidos a las perlas.

Hago balance y pienso que este año ha sido verdaderamente intenso, pero si pienso en un viaje, un proyecto, un sueño, todo me lleva a Cuba. Quise conocer La Habana antes de la muerte de Fidel, y he podido hacerlo. Buscaba el rastro de mi bisabuelo Pedro, quien llegó con su familia a ese país a finales de los años 20, y lo encontré en la planta deshabitada del antiguo Teatro Payret, su última residencia cubana, frente al imponente edificio del Coliseo; deseaba encontrar escenarios,  rostros, sonidos y aromas para una posible novela, y me los traje entre las hojas arrugadas de un diario,

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Me dejé invadir por las señales de una isla que aún no ha abandonado el siglo XX, fascinante, colonial, culta y seductora, arruinada y caótica, pero mágica, musical, grandiosa. Como susurraba aquel muchacho del callejón de Hammel: “disfruten mi país, pero no traten de entenderlo”.  Me gustaría volver y perderme de nuevo en aquella Habana Vieja tan española, tan santera, tan bella. Gracias, Nicolás y Rosina Sirgado, por contarme todas esas cosas del bisabuelo, por resucitar en mí las historias que nos relataba mi padre de pequeñas, por disparar los resortes infinitos de la imaginación. He pensado mucho en vosotros cuando doblaba cada esquina.

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Perdonadme por no escribir hoy ninguna receta. Se nos va el año y no podía dejar pasar ni una semana más sin hablar de todo esto. Porque cada experiencia nos construye y completa, aunque nos haga un poco más mayores. Porque habrá que seguir aprendiendo y disfrutando de cada experiencia… hasta que se seque el malecón.

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FAROLILLOS

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El blog me ha recordado hoy que han pasado ¡cuatro meses! desde mi última entrada. Durante todo este tiempo, han venido a mi mente miles de motivos de inspiración y no han dejado de salir dulces de mi cocina, pero no he encontrado las palabras, esas que otras veces llegan sin esfuerzo, para escribir sobre acontecimientos que han disparado hasta el infinito mis emociones, tal vez demasiado intensos.

Ninguna ausencia es fácil, bien lo sabemos, pero algunas parecen arrancar de golpe parte de nuestra historia, como si un huracán hiciera volar de pronto centenares de vivencias guardadas en la memoria. En estos meses, uno de esos golpes de la vida se llevó los mejores recuerdos de mi adolescencia, las muchas imágenes acurrucadas en los rincones del alma, que uno sabe que están ahí, aunque siempre parezcan dormidos. Sí, en estos meses se fue para siempre ese amigo especial que conocí en Valencia de don Juan cuando solo teníamos 13 años y se abría una etapa nueva en nuestras vidas, las de mi prima Raquel y yo, siempre juntas descubriendo el mundo, el amor, el desengaño, la risa y el llanto. Realmente, nos quedaba mucho y muy grande por compartir: la muerte de su padre, mi añorado tío Jesús, y otras muchas después, entre ellas la del mío, a quien no olvido ni un solo día de mi vida.

Pero entonces éramos felices y reíamos hasta el amanecer en aquella cama ruidosa que arrastrábamos hasta el balcón para ver la salida de Las Pérgolas, a ver si aparecía en la noche el chico de nuestros sueños y nos miraba de reojo, sintiendo de algún modo nuestra presencia. Solo existían farolillos de colores, luces de verano, música de verbena y sueños, durante toda la noche…

Por eso, cuando desperté una mañana de estos meses y vi el mensaje inquietante que me decía que Adolfo se había ido, demasiado joven, demasiado injustamente, sin avisar…no entendí nada. Y aún hoy sigo sin entenderlo. Hace unos años, me reencontré con él en un viaje de trabajo a México. Después de tanto tiempo, y con nuestras vidas ya encaminadas, fue bonito y único sentir que en nuestro recuerdo permanecían muy vivos aquellos adolescentes que fumaban sus primeros cigarros en la sala de juegos cercana al instituto, que se buscaban en las Fiestas del Cristo en medio de las atracciones de feria, otra vez bajo los farolillos, y se creían invencibles ante el tiempo y las dificultades, aunque no eran más que unos niños aprendiendo a convertirse en mayores.

Sé, Adolfo, que te han despedido a lo grande en nuestro pueblo. Ya sabes cómo se las gastan en Valencia de don Juan, aunque a las personas queridas nunca se las despide del todo y esa sensación de sentirlas muy cerca es tan reconfortante que, sin duda, la experimentamos porque realmente lo están.

He pensado mucho en todo esto a lo largo de nuestras etapas del camino por La Rioja al final de la primavera. Cumbres aún nevadas, miles de flores amarillas y esos hermosos viñedos a nuestro alrededor…

Camino de Santiago de La Rioja 1

Camino de Santiago de La Rioja 2

Caminar hacia el horizonte es también abandonarse a lo que esté por llegar, sin miedo y sin sombras, llenos de esperanza y desprendiéndonos de todo lo que nos pesa. Así me he sentido yo, y así sabía que se sentían los que caminaban conmigo…

Camino de Santiago de la Rioja 3

Realmente, es difícil imaginar un dulce que alumbre estos pensamientos. Pero tantas horas de ruta junto a Carmela me han recordado la Bica, de aspecto sencillo y un interior deliciosamente inesperado. Preparé una nada más volver de La Rioja, con todos los sentimientos a flor de piel, los ojos enrojecidos y el alma cansada. Y lo hice con la receta que me envió la propia Carmela, con versión para Thermomix, que describo a continuación para todo el que quiera preparar un postre, o un desayuno, sencillamente inigualable:

Ingredientes:
4 huevos
200gr de mantequilla
400gr de azúcar
200gr de nata líquida
400gr de harina
1 sobre de levadura

Elaboración:
1.- Precalienta el horno a 160ºC con calor arriba y abajo.
2.- Pon la mariposa en el vaso e incorpora los huevos, el azúcar y la mantequilla a temperatura ambiente. Programa 3 minutos en velocidad 3.
3.- Añade la nata y mezcla 2 minutos en velocidad 3.
4.- Retira la mariposa y añade la harina y la levadura y mezcla 10 segundos en velocidad 6. Termina de envolver con la espátula.
5.- Prepara un molde para horno rectangular con papel vegetal un poco engrasado. Vierte la Bica y dale unos golpes para que la masa ocupe bien todo el molde. Espolvorea la superficie con abundante azúcar blanquilla y hornea durante50 minutos a 160ºC. Vigila los últimos 10 minutos para que no se te pase.
6.- Deja reposar 10 minutos en el molde, dentro del horno y con la puerta entreabierta; después deja enfriar fuera.

Bica

Pero aún quedaba primavera. La más ardiente, la más brillante, la que solo podía ofrecer una Sevilla luminosa, florida y adornada con farolillos que, en su armonía multicolor, esconden todas nuestras contradicciones y recuerdos: aquel primer baile, las noches de verano en mi pueblo, el horizonte nevado de La Rioja, la Bica recién horneada y los brillos de una feria tardía que me recuerdan que hay vida. Y esperanza.

Plaza de España de Sevilla

Sevillana con Anabel

Cascabeles

Siempre que trato de imaginar un sonido que me transporte mentalmente al invierno, sí, ese que acabamos de abandonar, vienen a mi cabeza cientos de cascabeles, como los de aquellos carruajes maravillosos de las ciudades centroeuropeas. Y con su sonido, se cuelan en mi retina imágenes del cuento de La Cerillera, buscando cobijo y calor en la cruda noche invernal, mientras las chimeneas se encienden en las grandes y lujosas mansiones, dando luz y confort a las opulentas cenas, a las entregas de fantásticos presentes, a la música y los bailes.

natalia02

En los últimos meses, me han ocurrido cosas realmente increíbles y me siento especialmente agradecida por ello. Nunca pensé que pudiera viajar a Viena como invitada al baile anual de debutantes en el Palacio Real donde  vivió Sissi y donde permanecen todos sus recuerdosViena 1

Viena 2

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Vivir el sueño de ser una princesa, el pasado mes de enero, ocurrió solo semanas después de otra visita a Viena, a propósito de un viaje a Bratislava, por cuestiones profesionales

Bratislava Castillo

Y en un ambiente especialmente mágico, con todos los mercadillos navideños desplegados en calles y plazas y ese olor a canela y manzanas de caramelo saliendo de las casitas de madera, que bien nos parecen la de Hansel y Gretel.

MERCADILLO NAVIDEÑO BRATISLAVA

Ha pasado tan rápidamente el tiempo, que todo lo vivido parece realmente un sueño. Pero la Pascua está ahí y las galletas, el jengibre, el aroma a mantecado…van dejando paso al anís y la miel, al azúcar quemado, a los churros y buñuelos.

A lo largo de las últimas semanas, he vivido también celebraciones especiales, como el 50 cumpleaños de Concha. Cuánta ilusión cabe en la organización de una fiesta sorpresa como la que ella alguna vez había deseado, con música, disfraces y un ambiente Flower Power. Sonrío al recordar muchos momentos de complicidad con su hermana Marta

Fiesta Flower 3

Y la sonrisa de Concha al descubrir lo que tantos días habíamos ocultado

Concha niños

Y he de decir que por fin monté mi primera mesa dulce en un hotel:

Candy bar Concha 1

Se acerca la Pascua, pero aún amanecen días fríos que me recuerdan la nieve helada en las aceras de Viena. Pienso en los aromas de la tarta Sacher y del Apple Strudel!! He buscado una fórmula completamente vegana, pensando en mi amiga Estíbaliz, y después de mucho insistir, he encontrado la receta más seductora en el blog Chocolate&Caramelo.

Aquí está:

applestrudel 1

 

Es increíble cuántas cosas buenas se pueden encontrar en algunos blogs y páginas dedicadas a las personas alérgicas o intolerantes. Realmente, con un poco de esfuerzo y dedicación, endulzar la vida de los demás, incluso la nuestra, es posible.

Pasamos demasiado tiempo volcados en lo negativo y las dificultades, compadeciéndonos de nosotros mismos, buscando el lado más oscuro de las cosas. A mí me ocurre muy a menudo pero, si miro hacia atrás, veo un invierno luminoso. Escucho los cascabeles y los carruajes, siento la alegría de las luces y la sonrisa de La Cerillera..

¿Por qué no imaginar una Pascua aún mejor?

 

Pingus

Nunca, hasta hoy, había contado la historia de Pingus en el blog. Realmente me parece algo muy extraño, porque no solo está en mi sobrenombre, sino que desde hace mucho tiempo forma parte de nuestras vidas, ha crecido con nuestros niños, nos ha enseñado los colores y fragancias del bosque, ha vigilado nuestro hogar y se ha colado en nuestros sueños.

Hace ya unos cuantos años, me regalaron este libro:

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Pingus es un duende pequeño como un hongo, de casaca y capucha rojas, que usa las hojas del castaño como relleno para su colchón. La primera vez que recorrimos el bosque de Santa Cruz de los Cuérragos, la población más cercana a Linarejos, donde se alza nuestra casa de turismo rural, “El Mirador de las Candelas”, nos dimos cuenta de que ese, y no otro, era el lugar elegido por Pingus para vivir. Y desde aquella primera vez, nunca ha dejado de acompañarnos. Aparece y desaparece cuando tiene hambre o frío, cuando necesita acurrucarse entre la leña o buscar las cosquillas del sol entre las lavandas de nuestro jardín.

A cambio, Pingus nos guió hace tiempo hasta las piedras mágicas, que hemos ido acumulando en tarritos y carteras viejas, por si alguna vez nos hacen falta…No sé por qué, el otoño me recuerda a Pingus más que ninguna otra época del año. Tal vez porque es el momento en el que los castaños dan su fruto y esa alfombra de hojas doradas del bosque recibe centenares de erizos que encierran su tesoro.

Así ha sido también parte del paisaje durante nuestra etapa otoñal del Camino de Santiago, a través de los Montes de Oca, en Burgos.

Camino Santiago Burgos

Esta vez la lluvia nos acompañó, mansamente, como un caricia casi imperceptible pero impenitente y continua. Al llegar a Castrojeriz, la entrada en San Antón fue tan especial que aún puedo sentir la sacudida que disparó todas mis emociones al ver el banquito verde donde David Arranz nos hizo esa foto a Julián y a mí, cuando en aquel lugar solo había ruinas. JULIÁN Y YO EN CASTROJERIZ0105

Gracias, Ovidio, por llenar a mi lado, una mañana lluviosa, el lugar que tu hermano ya nunca podrá volver a ocupar

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La visita a Castrojeriz nos reservaba una sorpresa tres kilómetros más allá de nuestro destino, donde se alza un convento de clarisas, cuyos dulces fueron el reclamo para algunos de nosotros, empeñados en llevarnos una cajita de “Puños de San Francisco”.

Sabía que en algún lugar de mi biblioteca se escondía un libro sobre la cocina de los monasterios y, a la vuelta, lo busqué…y lo encontré

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Y ahí estaban los “Puños de San Francisco”

Puños de San Francisco

Con la receta hice un solo pastel: una plancha de bizcocho emborrachada de almíbar y rellena de nata montada, que decoré con caramelo y frambuesas, los frutos favoritos de Pingus.

Brazo de San Francisco

Este “Brazo de San Francisco” se lo dedico a mis compañeros del Camino, especialmente a los dos locos dispuestos a andar lo que hiciera falta para llegar a tiempo al torno de las clarisas de Castrojeriz: Amaia y Benjamín

Amaia y Benjamín

Tenía tantas frambuesas que decidí hacer unos muffins para el desayuno

Muffins de frambuesas

He tardado mucho, demasiado, en volver al blog, de modo que se me han acumulado las fotografías y los dulces de todas estas semanas. Y sí, a pesar de las ocupaciones, del creciente trabajo y de los compromisos que no cesan, he hecho nuevos cupcakes de Halloween, con bizcochitos de chocolate blanco, buttercream de vainilla y unas arañitas elaboradas con galletas Oreo y tiras de regaliz. ¡Me encantan!

Cupcakes arañas 1

No sé cómo estará Pingus. Ya hace frío en Linarejos, los ciervos se refugian tras la berrea en la profundidad del bosque y el lobo acecha, con sus ojos brillantes y su paso sigiloso. Puede que, en Santa Cruz, se haya alfombrado de erizos el paseo de los castaños y el pequeño de roja capucha se vea obligado a resguardarse, buscando el humo de alguna chimenea.

Cierro los ojos y pienso en lo rápido que han pasado estos meses. La última vez que estuvimos en Linarejos era verano y el día no se quería ir nunca. Veo las fotos y parecen las de un playa idílica, aunque no lo sea. El agua limpia, el sol ardiente, la risa clara..
Verano Linarejos 1

Deseo volver. Necesito caminar de nuevo y quiero hacerlo por los bosques que recorre nuestro duende, sin prisa.

Camino Santiago Burgos 5
Escuchó aquel chasquido de hojas secas, las vio brillar en la espesura del bosque, chispeó la lluvia como una campanilla, y Pingus supo que la magia existía y que estaba allí.

Flechas amarillas

Flecha amarilla en Roncesvalles

No puedo creer que hayan pasado más de dos meses desde que escribí mi última entrada. El verano ha llegado con tanta virulencia, que apenas se percibe una brizna de aire en medio de una atmósfera asfixiante y plúmbea. Siempre que llegan estas fechas, mi mente retrocede a aquellas mañanas en una habitación recién ventilada, haciendo cuentas y dictados antes de subir al autobús infernal que nos llevaba al pinar, donde nos esperaba una piscina inmensa, de aguas refrescantes y algarabía infantil, convertida en música de verano. También recuerdo tardes de persianas bajadas, en una cocina casi en penumbra, jugando a las muñecas recortables, nuestras añoradas ‘mariquitas’…

Las últimas semanas han sido verdaderamente intensas: otra campaña electoral, una nueva caravana, y miles de historias garabateadas en folios blancos, vividas kilómetro a kilómetro. Nadie dijo que ser periodista fuera cómodo, sino -como dice Virginia- un continuo ‘sufrimiento dulce’ y, como ya imaginábamos, esta vez todo ha sido igual, pero distinto.

Desde aquella campaña de 2003, vivida a tragos largos de pacharán con el inolvidable Julián, cada nueva cita me recuerda al Camino de Santiago, donde toda etapa tiene su comienzo y su objetivo, pero nunca un final. A tramos la hacemos solos, y a tramos acompañados. Los trayectos cómodos y frescos nos preparan para las cuestas interminables, a pleno sol y con las lágrimas en el borde de nuestros párpados. A veces nuestros pies parecen volar, y otras nos sentamos a un lado del camino, derrotados y solos, ansiando una mano robusta que nos aúpe de nuevo, una palabra de aliento, otro trago.

Pero lo mejor, lo mejor de verdad, son esas flechas amarillas que nos indican que vamos bien, que no nos hemos equivocado.

En medio de estas convulsas semanas, he regresado al Camino, y lo he hecho en Roncesvalles, donde todo comienza y adquiere sentido. Ha sido una gran suerte poder compartir ese fin de semana de retos y superación con Kike y Montse, quienes, al igual que nosotros, eligieron durante los primeros días de junio el hechizo de los bosques navarros, con una mochila a la espalda y el corazón abierto en canal.

Camino de Santiago 3

Hubo noche con pacharán, lágrimas, bendición y… meta!

Camino de Santiago 9

A veces, el regreso puede ser brutal, pero no, esta vez no. Aunque nadie se queda en el camino, como bien dice mi amigo – hermano- Luis, no siempre la llegada al destino es tan placentera. Con demasiada frecuencia, el esfuerzo y la dedicación no son valorados, ni comprendidos y volvemos a experimentar ese extraño dolor que olvidamos de una ocasión a otra. Pero esta vez, algo nuevo, extraordinariamente nuevo, ha brotado en mí. Sentir el chasquido de las piedras contra mis botas me ha hecho pensar que cada acontecimiento, cada decisión, responden a un motivo. Y los míos siempre han nacido del corazón y me gusta lo que siento y como soy, así que no voy a pedir perdón a nadie por existir, ni por decir lo que pienso tal y como lo hago. Soy muy consciente de que resultan infinitamente más cómodas las personas complacientes y aduladoras, y la prueba es que el servilismo está mejor pagado que ser fiel a uno mismo pero, para qué engañarnos, el estómago duele mucho más y la piel se arruga demasiado pronto. En fin, que mi mochila es liviana porque solo me llevo a mí y eso me permite volar y alcanzar las cumbres para contemplar, a vista de pájaro, lo pequeño que es todo lo que a otros les parece taaan importante.

Así que he estrenado el delantal que traían para mí Kike y Montse en su equipajeFoto delantal de MontseY me he dejado seducir nuevamente por los aromas de mi cocina, cacharreando y buscando oxígeno en las pequeñas cosas que nos endulzan la vida, porque son los instantes que disfrutamos los que nos proporcionan la fuerza para mirar al frente. He pensado qué dulce podría parecerse a una flecha y, aunque no es exactamente lo que yo buscaba, las famosas “carolinas” de Bilbao apuntan hacia arriba, de modo que después de hacer unos cupcakes de chocolate blanco, decorados con nubesCupcakes nubes 1 aproveché el merengue rosa para hacer estas “carolinas” un tanto innovadoras, como diría mi amiga Encarna Sandonis, a quien dedico este postre de domingoCarolina de merengueRecordar a Encarna y a mis compañeros de facultad me ha pintado una sonrisa en los labios. Ahora que lo pienso, el comienzo del verano me ha traído muchas, gracias a celebraciones con amigos que han puesto luz a los túneles oscuros. Como el cumpleaños de Alberto, celebrado en una impresionante finca cántabra, ambientada al estilo “Wimbledon años 20”, lleno de sorpresas y de instantes felices.

Nosotros ante el photocall… Wimbledon 1 Los invitados dentro de la cancha…Wimbledon 2 La finca maravillosa que sirvió de escenario…Wimbledon 3

Gracias, Susana, por una organización perfecta, llena de instantes inolvidables y, sobre todo, de amistad y calidez.

Wimbledon 4

Cae la tarde y pienso en todo el verano que nos queda por delante, con sus mañanas de habitaciones ventiladas y sus tardes de persianas bajadas, mientras la vida nos enseña a respirar profundamente y a saber prolongar los buenos momentos. Una gota de mar, una estrella que asoma, pétalos de terciopelo desprendiendo su aroma en la noche, o reencuentros maravillosos.

Sí, me gusta ser yo, con mis sombras y mis luces, me gusta creer que ser fiel a los principios al final tiene premio. Me gusta el camino que señalan mis flechas amarillas.

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Volver a la crisálida

Mariposa

Todo parece anunciar tiempos de cambios. Grandes o pequeños, lo cierto es que el aire que respiramos tiene un perfume nuevo. Y ese vértigo ante lo que desconocemos: en la política, en nuestra vida… la mayoría de las veces asusta, pero al mismo tiempo esconde grandes enseñanzas. Oigo decir a muchas personas que sumergirse en los recuerdos es un inmenso error y una pérdida de tiempo. Más aún si tratamos de buscar respuestas a fallos cometidos, a dudas no resueltas, pero yo no voy a pedir perdón a nadie por regresar de cuando en cuando a mi crisálida. Al fin y al cabo, el vuelo de la mariposa es consecuencia de ese tiempo que nos ha ido convirtiendo lentamente en lo que después somos.

Llevo meses reconstruyendo pedacitos de crisálida, como si todos los planetas hubieran conspirado para que ocurriera. Después de treinta años, conseguimos reunir al grupo de teatro que mi amigo Miguel Ángel creó cuando éramos unos adolescentes. Compañeros de colegio que dedicábamos las horas y los días a recrear historias, muchas veces en escenarios imaginarios, entre guitarras y sombreros de cuero. Hoy, el vuelo sostenido nos ha llevado a lugares distantes, a trabajos, familias y existencias más distantes aún. Pero bastó una señal, una red de correos y llamadas inesperadas, para encender la llama, para volver a hacer magia. Gracias, amigos, por devolverme esa cajita de la memoria llena de luces, cartones, restos de maquillaje, aplausos y códigos secretos.

foto selene

Últimamente, no dejo de pensar en mi profesión, siempre a la deriva, pero ahora más que nunca desde que nos hemos convertido en intérpretes de pensamientos, en amanuenses de empresarios y dirigentes, en agitadores o bálsamo cuando así conviene. Pero ese no era el trato…

Hace pocas semanas llegó a mi casa un regalo en forma de invitación: una comida para reunir a todas ‘las voces de Valladolid’, los profesionales de la radio de varias generaciones unidos en torno a la pasión de contar historias. Es difícil explicar qué se siente cuando un  periódico crea una sección semanal en la que te incluye como una de las voces de tu ciudad. De repente recuerdas por qué decidiste dedicar tu vida a este oficio maldito, sin horarios ni agradecimientos, lleno de riesgos y apuestas. Y te das cuenta de que ese pacto sí lo firmaste con orgullo.

VOCES DE LA RADIO

Después de todo, la felicidad son instantes que iluminan una habitación, sonidos que construyen poemas, palabras que flotan en el aire y nos acompañan cada día, de camino al trabajo, mientras vivimos. Y yo puedo decir que he formado y formo parte de eso, junto a compañeros con los que aún siento que toca una campana cuando nos reencontramos

Selfie compañeros COPE

Durante estos dos meses, desde mi última entrada (uff…no tengo excusas, no las hay…) ha habido dulces, muchos dulces saliendo de mi cocina, pero siempre hay que elegir alguno, así que esta vez también lo haré y me decantaré por unos macarons de color ‘rosa bebé’, elaborados por primera vez con la receta de Lorraine Pascale para celebrar que mi amiga Concha ha vuelto por fin a casa:

Macarons rosa bebé 2

Y, por qué no, hoy traigo al blog también una tarta infalible para un cumpleaños: bizcocho súper esponjoso de chocolate, relleno de crema de trufa, del recetario de Velocidad Cuchara, con el que casi siempre acierto, al que he incorporado una cobertura especial y muy personal realizada con ganache de chocolate con leche y papel de azúcar que recrea el andén ‘nueve tres cuartos’ de Harry Potter:

TARTA HARRY ANDÉN

Esa oblea maravillosa, que realmente parece un muro de ladrillo, es de Galletas Allegra. Tengo que hablaros un día de esta tienda, tan alegre y encantadora como su dueña, una verdadera maga de las galletas.

Acaba de rozarme los labios una gota de lluvia y he sentido como me inundaba una sensación de frescura y suavidad. Salgo de la crisálida otra vez y vuelvo a mis afanes y mis días. Y ha venido a mí una de las frases con las que mi amigo Íñigo nos despierta todas las mañanas:

“Esta mañana acojo mis golpes, acallo mis límites, disuelvo mis miedos, escojo la vida”

Castaño de Pingus