Carpe diem

Con estas dos palabras despidió hace unos días su conversación telefónica conmigo el bueno de Cris Gabarrón. Hablamos de arte, de amistad, de viajes.. y al terminar me recordó: “un beso, Ana y ya sabes: ¡Carpe diem! Y no sabe él hasta qué punto he procurado seguir su gran consejo después de esa reconfortante y cálida charla. El verano es eso: un presente continuo, esencias y placeres pequeños que nos rodean y oxigenan…

He elegido la foto que marca cada verano el arranque de nuestras vacaciones, en el jardín de nuesta casa de turismo rural “El Mirador de las Candelas”, porque simboliza la unidad de nuestra familia. Hay tantas cosas que vienen a turbarnos día a día, que solo ese jardín y esa ventana abierta al horizonte infinito de nuestra sierra pueden y saben devolvernos el equilibrio.

Cuando era pequeña, el verano y las vacaciones comenzaban con un cuarto de juguetes soleado y recién ventilado, en el que mi madre nos ponía cuentas y caligrafía después del desayuno, antes de salir con nuestros capazos a la piscina, donde disfrutábamos del agua y el olor a pinos y nuestra piel empezaba a broncearse. Qué veranos tan largos…lo cierto es que cuando mi padre estrenaba sus vacaciones y nos íbamos a la playa, los escaparates empezaban a anunciar la vuelta al cole, presagio ineludible del paso del tiempo y de la llegada de una nueva estación. Mientras tanto, carpe diem

Este año hemos hecho muchos desayunos ricos en Linarejos de la Carballeda: el brioche que tan bueno sale con la Gourmax, magdalenas, tortitas, cookies…qué casualidad, porque desde esa aldea de seis habitantes, cada uno de nosotros salió con su respectiva familia hacia otro destino y el nuestro ha sido Nueva York, la aldea global, la ciudad más cosmopolita del mundo, el lugar que representa el sueño americano y los contrastes, tan fuertes como el que nosotros experimentamos al viajar desde un lugar prácticamente olvidado a la capital cultural del mundo, el paisaje de rascacielos más cinematográfico y apasionante del planeta.

Siempre he dicho que esta ciudad seduce tanto que nada vuelve a parecerte ya igual. Para mí era la cuarta vez que volaba a Nueva York, pero la primera con mi familia; por tanto era la más especial, la mejor, y me siento realmente afortunada por ello. Acabo de poner pie en tierra hace unas horas y tengo millones de imágenes en la retina, momentos mágicos e irrepetibles como las luces de Times Square, la humildad de los edificios y taxis amarillos como construcciones de juguete desde el mirador del Empire State, el legendario Puente de Brooklyn, la majestuosa estatuta de la Libertad desde el ferry de Staten Island, sintiendo la caricia del sol y del viento, la placidez de Central Park, recordando a Lennon y sentados en el regazo de Hans Christian Andersen, la escultura realizada en honor a los niños que perdieron a sus padres en los atentados del 11 de septiembre de 2001, el resurgimiento del World Trade Center…en fin: impresionante.

Y por supuesto, ha habido lugar para las fotos en lugares especiales, como Magnolia Bakery, donde se elaboran los cupcakes más famosos del mundo, los favoritos del personaje que encarna Sarah Jessica Parker en “Sexo en Nueva York” . Y como este es un blog de repostería, he elegido la receta de las cookies genuinamente americanas, porque esa sí que está traída del seno de una familia tradicional con la que ha vivido durante un mes mi sobrina Ángela, también este verano.
Las medidas son americanas, pero resultan más o menos fáciles de trasladar, utilizando alguna de las tablas de equivalencias que encontramos en Internet, aunque las hay para todos los gustos. En cualquier caso, y teniendo en cuenta que no es lo mismo un azúcar que otro, cada sólido, o los líquidos, la receta quedaría así:

Ingredientes: 2 y 1/4 de cup de harina (210 gr), 1 cucharadita de baking soda (sirve el bicarbonato), una cucharadita de sal, 1 cup de mantequilla en pomada (225 gr), 3/4 cup de azúcar normal (170 gr), 3/4 de cup de azúcar moreno (150 gr), 1 cucharadita de extracto de vainilla (5 ml), 2 huevos y trocitos de chocolate (2 cups más o menos, o sea, unos 200 gr). La verdad es que hay un volumen importante de mantequilla y de azúcar, quizá yo la mitad la pondría de margarina y lo haría todo menos dulce, pero la receta es así…

Elaboración: preparamos dos boles, uno ‘seco’ y otro ‘húmedo’. En el seco, mezclamos la harina, el bicarbonato y la sal. Y en el mojado, el azúcar blanco, el moreno, la vainilla y la mantequilla.  En este último, se mezcla todo hasta que esté cremoso, se añaden los huevos y se sigue batiendo mientras se va agregando poco a poco el contenido del primer bol. Cuando ya tengamos una masa, se incorporan los trocitos de chocolate y se vuelve a batir. A continuación, en una fuente cubierta con papel de horno se van colocando porciones de la masa del tamaño de una cucharadita de postre, porque crecen muchísimo, y se hornean  entre 9 y 11 minutos a una temperatura de 200º C (375º F), hasta que las veamos doraditas. Estas son las que hicimos en el pueblín:

Pero creo que me despido con las que tomaba mi hija María estos días de NYC para desayunar porque, además de gigantes, eran realmente bonitas:

¡¡Carpe diem y feliz y dulce reentré a todos!!

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