¿Quién dijo…Halloween?

A mi amiga Mayte le encantan los días de lluvia, esos tan poéticos y envolventes, con el suelo alfombrado de hojas secas…y aunque hoy el sol brillaba en lo alto, el sábado sí amaneció gris y húmedo, como aquellas tardes de facultad en las que tomábamos café en La Uni, leyendo y subrayando apuntes mientras la lluvia golpeaba rítmicamente los cristales…¡cuánto la eché de menos! Así que todo era propicio para entrar en la cocina y hacer dulces.

Siempre que importamos costumbres o tradiciones, aun disponiendo de las nuestras propias, lo hacemos con una inusitada fruición, sobre todo cuando tienen repercusiones comerciales pese a que alteren nuestras seculares celebraciones y el modo de vivirlas, como ha ocurrido con Halloween.

Noviembre, misterioso y otoñal, especialmente en una ciudad como la mía -Valladolid- donde las espesas nieblas recrean una escenografía tenebrosa y enigmática, es en nuestra tradición el mes del año en el que de forma especial recordamos a los seres queridos que ya no están junto a nosotros, pero no de un modo terrorífico, sino mucho más espiritual y no exento de melancolía…

El primer día del mes se conmemora la festividad de Todos los Santos, aunque desde hace ya algunos años, en los días previos a la finalización de octubre lo que realmente proliferan son los escaparates en colores naranja y negro anunciando la llegada de Halloween, una fiesta de origen celta que se celebra principalmente en los Estados Unidos, Canadá, Irlanda, el Reino Unido y en países no anglosajones como México y Colombia en la noche del 31 de octubre y que tiene su origen en el Samhain.

Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el otro se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus (tanto los buenos como los malos) atravesarla. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados mientras que los espíritus dañinos eran alejados.

Sea como fuere: acudiendo al teatro para asistir a la representación de Don Juan Tenorio o participando en fiestas de disfraces y recorriendo las calles con el famoso  ‘truco o trato’, el tránsito entre octubre y noviembre aparece siempre rodeado de magia y, cómo no, también de dulces.  Nosotros hemos querido hacerlo en casa incorporando las costumbres propias y foráneas y por eso en nuestra mesa hay, y va a seguir habiendo durante días, buñuelos, cupcakes, galletas,  huesitos… para disfrute de los niños y también de los más mayores, coincidiendo con estas fechas en las que escondemos, tras las calabazas luminosas, la añoranza por nuestros seres queridos.

Las bandejas de los postres del fin de semana se han llenado de arañas cuyas patas estaban elaboradas con tiras de regaliz negro y un corazón de magdalena esponjosa con sabor a Nutella:  además de los famosos buñuelos de la abuela Merce, esta vez rellenos de nata y trufa:

Pero puestos a innovar, he probado a hacer mis famosas galletas de nararanja, cuya textura es por el momento la que más nos gusta, incorporando jengibre como en las galletas navideñas y utilizando unos cortadores nuevos de La dulce repostería,  y la verdad es que el resultado ha sido muy satisfactorio:

En este tiempo turbulento, las sonrisas burlonas de calabazas y brujas no me inspiran temor o maldad, sino que se convierten en un desafío a lo que nos asusta, en una cierta forma de valentía. Sonriamos para apartar lo feo que nos estorba, sonriamos aunque algunas personas ya no estén junto a nosotros, sonriamos porque siguen ocupando un espacio en nuestro corazón, y porque en él van a permanecer. Siempre.

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