Flechas amarillas

Flecha amarilla en Roncesvalles

No puedo creer que hayan pasado más de dos meses desde que escribí mi última entrada. El verano ha llegado con tanta virulencia, que apenas se percibe una brizna de aire en medio de una atmósfera asfixiante y plúmbea. Siempre que llegan estas fechas, mi mente retrocede a aquellas mañanas en una habitación recién ventilada, haciendo cuentas y dictados antes de subir al autobús infernal que nos llevaba al pinar, donde nos esperaba una piscina inmensa, de aguas refrescantes y algarabía infantil, convertida en música de verano. También recuerdo tardes de persianas bajadas, en una cocina casi en penumbra, jugando a las muñecas recortables, nuestras añoradas ‘mariquitas’…

Las últimas semanas han sido verdaderamente intensas: otra campaña electoral, una nueva caravana, y miles de historias garabateadas en folios blancos, vividas kilómetro a kilómetro. Nadie dijo que ser periodista fuera cómodo, sino -como dice Virginia- un continuo ‘sufrimiento dulce’ y, como ya imaginábamos, esta vez todo ha sido igual, pero distinto.

Desde aquella campaña de 2003, vivida a tragos largos de pacharán con el inolvidable Julián, cada nueva cita me recuerda al Camino de Santiago, donde toda etapa tiene su comienzo y su objetivo, pero nunca un final. A tramos la hacemos solos, y a tramos acompañados. Los trayectos cómodos y frescos nos preparan para las cuestas interminables, a pleno sol y con las lágrimas en el borde de nuestros párpados. A veces nuestros pies parecen volar, y otras nos sentamos a un lado del camino, derrotados y solos, ansiando una mano robusta que nos aúpe de nuevo, una palabra de aliento, otro trago.

Pero lo mejor, lo mejor de verdad, son esas flechas amarillas que nos indican que vamos bien, que no nos hemos equivocado.

En medio de estas convulsas semanas, he regresado al Camino, y lo he hecho en Roncesvalles, donde todo comienza y adquiere sentido. Ha sido una gran suerte poder compartir ese fin de semana de retos y superación con Kike y Montse, quienes, al igual que nosotros, eligieron durante los primeros días de junio el hechizo de los bosques navarros, con una mochila a la espalda y el corazón abierto en canal.

Camino de Santiago 3

Hubo noche con pacharán, lágrimas, bendición y… meta!

Camino de Santiago 9

A veces, el regreso puede ser brutal, pero no, esta vez no. Aunque nadie se queda en el camino, como bien dice mi amigo – hermano- Luis, no siempre la llegada al destino es tan placentera. Con demasiada frecuencia, el esfuerzo y la dedicación no son valorados, ni comprendidos y volvemos a experimentar ese extraño dolor que olvidamos de una ocasión a otra. Pero esta vez, algo nuevo, extraordinariamente nuevo, ha brotado en mí. Sentir el chasquido de las piedras contra mis botas me ha hecho pensar que cada acontecimiento, cada decisión, responden a un motivo. Y los míos siempre han nacido del corazón y me gusta lo que siento y como soy, así que no voy a pedir perdón a nadie por existir, ni por decir lo que pienso tal y como lo hago. Soy muy consciente de que resultan infinitamente más cómodas las personas complacientes y aduladoras, y la prueba es que el servilismo está mejor pagado que ser fiel a uno mismo pero, para qué engañarnos, el estómago duele mucho más y la piel se arruga demasiado pronto. En fin, que mi mochila es liviana porque solo me llevo a mí y eso me permite volar y alcanzar las cumbres para contemplar, a vista de pájaro, lo pequeño que es todo lo que a otros les parece taaan importante.

Así que he estrenado el delantal que traían para mí Kike y Montse en su equipajeFoto delantal de MontseY me he dejado seducir nuevamente por los aromas de mi cocina, cacharreando y buscando oxígeno en las pequeñas cosas que nos endulzan la vida, porque son los instantes que disfrutamos los que nos proporcionan la fuerza para mirar al frente. He pensado qué dulce podría parecerse a una flecha y, aunque no es exactamente lo que yo buscaba, las famosas “carolinas” de Bilbao apuntan hacia arriba, de modo que después de hacer unos cupcakes de chocolate blanco, decorados con nubesCupcakes nubes 1 aproveché el merengue rosa para hacer estas “carolinas” un tanto innovadoras, como diría mi amiga Encarna Sandonis, a quien dedico este postre de domingoCarolina de merengueRecordar a Encarna y a mis compañeros de facultad me ha pintado una sonrisa en los labios. Ahora que lo pienso, el comienzo del verano me ha traído muchas, gracias a celebraciones con amigos que han puesto luz a los túneles oscuros. Como el cumpleaños de Alberto, celebrado en una impresionante finca cántabra, ambientada al estilo “Wimbledon años 20”, lleno de sorpresas y de instantes felices.

Nosotros ante el photocall… Wimbledon 1 Los invitados dentro de la cancha…Wimbledon 2 La finca maravillosa que sirvió de escenario…Wimbledon 3

Gracias, Susana, por una organización perfecta, llena de instantes inolvidables y, sobre todo, de amistad y calidez.

Wimbledon 4

Cae la tarde y pienso en todo el verano que nos queda por delante, con sus mañanas de habitaciones ventiladas y sus tardes de persianas bajadas, mientras la vida nos enseña a respirar profundamente y a saber prolongar los buenos momentos. Una gota de mar, una estrella que asoma, pétalos de terciopelo desprendiendo su aroma en la noche, o reencuentros maravillosos.

Sí, me gusta ser yo, con mis sombras y mis luces, me gusta creer que ser fiel a los principios al final tiene premio. Me gusta el camino que señalan mis flechas amarillas.

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2 comentarios en “Flechas amarillas

  1. Ana,soy Rosi, la mujer de Angel(Salamanca).
    Es un gustazo leer no sólo las recetas, sino también la introducción que haces de cada una de ellas.Si estuviera delante de una chimenea y sin Ángel dándome la paliza, la gozada sería total.
    Voy leyendo tus recetas pero antes de llegar a las primeras espero que hayas vuelto a escribir.
    Un besazo

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