Hasta que se seque el malecón

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Los últimos meses han transcurrido para mí a una velocidad de vértigo, casi sin tiempo para vivirlos de modo consciente. Pocos días después de mi última entrada, me desperté invadida por una luz brillante y cálida. Se colaba el sol entre los listones de la balconada y me asomé a la calle. Peña Redonda reinaba en lo alto y bajo mis pies, una alfombra de hortensias y lavandas me recordaba que un año más estaba ahí, en una aldea olvidada por los políticos, a quienes no importan demasiado unos pocos votos de ancianos, tan ocupados como están en sus disputas bizantinas. Lo que no imaginan es lo muy por encima que se encuentra esta sencilla gente, entre cuyos privilegios está vivir sin grandes ataduras y respirar el mismo aire que lobos, castaños y corzas.

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Nadie como ellos ve asomar la luna entre los perfiles ondulantes de la sierra, ni conoce la magia de las blancas piedrecitas de Pingus. Nosotros, sí, y no hay tiempo suficiente en el mundo para agradecer ese regalo.

Al cerrar los ojos, pienso en los primeros cuadernos de firmas de nuestra casa, “El mirador de las Candelas”, y en los versos de una niña de seis años que, casi en un abrir y cerrar de ojos, con las primeras luces de este verano, celebró su boda. No fue en Linarejos, pero el sol resplandecía sobre los tejados de otro pueblo pequeño, engalanado con espigas y paniculatas para acompañar a una novia joven y radiante: mi sobrina Irene, quien me encargó su ‘candy bar’,  en los colores de su vestido de novia, blanco y azul, los que nos transportan a las nubes y a ese cielo donde bailan. Una ‘naked cake’ de fresas y cerezas, como ella quería, ocupaba el centro de su salón de baile, en un lugar mágico y campestre sobre el Duero, tan luminoso como su sonrisa aquel día claro de julio.

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Cierro los ojos de nuevo y me invade la luz del otoño. Vuelve a lucir un sol claro sobre las aguas del Duero, y nuevas paniculatas y hojas rojizas de arce adornan las bodas de plata de mi hermana Carmen. Con todo el mimo del mundo, cubrí la máquina de coser de mi abuela con una mantilla de color marfil, alrededor de la cual creé una mesa dulce otoñal, con macarons, gominolas, nubes y rojas manzanas de caramelo:

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Tengo la sensación de volar cuando veo en el calendario el discurrir de los días, y me preparo para hornear mis primeros panettones y cortar las ramitas de muérdago, la planta que los celtas creían portadora de suerte, salud y prosperidad, antes de que adquiera su característico tono dorado, del que sobresalen unos frutos parecidos a las perlas.

Hago balance y pienso que este año ha sido verdaderamente intenso, pero si pienso en un viaje, un proyecto, un sueño, todo me lleva a Cuba. Quise conocer La Habana antes de la muerte de Fidel, y he podido hacerlo. Buscaba el rastro de mi bisabuelo Pedro, quien llegó con su familia a ese país a finales de los años 20, y lo encontré en la planta deshabitada del antiguo Teatro Payret, su última residencia cubana, frente al imponente edificio del Coliseo; deseaba encontrar escenarios,  rostros, sonidos y aromas para una posible novela, y me los traje entre las hojas arrugadas de un diario,

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Me dejé invadir por las señales de una isla que aún no ha abandonado el siglo XX, fascinante, colonial, culta y seductora, arruinada y caótica, pero mágica, musical, grandiosa. Como susurraba aquel muchacho del callejón de Hammel: “disfruten mi país, pero no traten de entenderlo”.  Me gustaría volver y perderme de nuevo en aquella Habana Vieja tan española, tan santera, tan bella. Gracias, Nicolás y Rosina Sirgado, por contarme todas esas cosas del bisabuelo, por resucitar en mí las historias que nos relataba mi padre de pequeñas, por disparar los resortes infinitos de la imaginación. He pensado mucho en vosotros cuando doblaba cada esquina.

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Perdonadme por no escribir hoy ninguna receta. Se nos va el año y no podía dejar pasar ni una semana más sin hablar de todo esto. Porque cada experiencia nos construye y completa, aunque nos haga un poco más mayores. Porque habrá que seguir aprendiendo y disfrutando de cada experiencia… hasta que se seque el malecón.

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2 comentarios en “Hasta que se seque el malecón

  1. Es muy bonito Ana… A lo mejor eres capaz de reconciliarme con Cuba… Después de la desilusión q me lleve… Claro q mis pensamientos sobre la isla estaban dirigidos por los recuerdos de mi madre… Los cuales no encontré…. En fin todavía estoy a tiempo de ver las cosas con ojos nuevos… Besitos y tenía razón el abuelo Pedro…escribes muy bien!!!

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