La luz de la tormenta

Cierro los ojos y me siento allí, en mi paraíso, el lugar de mi recreo. Ojalá me estuviera permitido retener los momentos, a mi familia unida, el olor de la miel, la suavidad del musgo.

La tarde que salimos de nuevo hacia nuestras vidas y rutinas, Linarejos se quedó atrás, acunado por la luna llena de aquellas noches, rendido a los pies de Peña Redonda, atrapado en la bruma de esa sierra arisca y mágica.

Del último viaje, me quedo con una frase de mi madre: cada verano tiene una tormenta y no se puede evitar, ha de llegar. Es cierto, y esta vez también lo fue. Pero las tormentas tienen un extraño poder. Una vez que descargan, con toda su furia, todo es más brillante y las fragancias antes inexistentes se expanden milagrosamente, como si hubieran estando esperando en su escondite la llegada de la lluvia. Lluvia purificadora, que se lleva la suciedad y nos devuelve el resplandor.

Con el sol aún alto, se produce cada año nuestro comienzo. Yo lo sé y no me engaño. Siempre quedan por llegar días cálidos, pero necesitamos la energía que nos proporciona este lugar antes de iniciar el curso, de retornar. Pase lo que pase, venga quien venga, esté quien esté, creo que no dejaré de volver a buscarlo, y lo presiento desde el día en que fijamos nuestra mirada en aquellas piedras oscuras, a veces tan inhóspitas, tan nuestras.

Pienso en mi última entrada del blog y sonrío. Por increíble que parezca, voy a enlazar las últimas ramitas de muérdago con las próximas, ya a punto de llegar, y en medio de todo eso, tantísimas vivencias que este año me han hecho crecer. Ha habido momentos muy duros, para mí y para los míos, y si tengo que pensar en una mano firme que me sostuvo en uno de ellos, no dudo en identificarla: Juana Mari en Mallorca, durante nuestra travesía a La Cabrera, también en una tarde de tormenta, frente al mar, acompañándonos la una a la otra, en silencio, respirando ese mar

Esta imagen me dio la paz entonces, y me la ha seguido dando muchos, muchos días. Gracias, Juana Mari, por esa delicadeza inmensa que te caracteriza, por esa voz suave como un bálsamo y por toda la calma que me devolviste.

He intentado imaginar un dulce que me recuerde aquel atardecer, aquella luz reflejada en el agua, después de la tormenta, tan brillante cuando llegábamos al muro con la Zodiac… y, no sé por qué, he pensado en mazapanes, mazapanes aterciopelados y cubiertos de un glaseado sedoso, mazapanes como ella, que parece que no están, pero están y al final son el bocado más delicioso.

No me parece mala idea preparar unos mazapanes ahora que se acerca la Navidad, y me he acordado de una pieza que fotografié durante una cena en un restaurante de Burgos, y que me encantó cuando vi llegar el plato

Así que he hecho mi versión rescatando la receta de los huesitos de santo, porque a mí, personalmente, es el mazapán que más me gusta, el más fino y versátil pues sirve también para cubrir pasteles y tartas, o para hacer figuritas tan cucas como este ratoncito.

Ingredientes:
200 g de almendra molida
150 g de azúcar
55 ml de agua
15 ml de amaretto (1 cucharada)
Azúcar glas
Y tendremos unos 370 gr de mazapán.
Elaboración:
En un bol ponemos la almendra molida.
En un cazo ponemos agua, amaretto y azúcar.
Cocemos a fuego medio hasta que el azúcar se diluya y el almíbar se vuelva transparente. Añadimos el almíbar a la almendra hasta obtener una pasta. Hacemos una bola, la envolvemos bien en film transparente y la guardamos en la nevera.
Antes de usar el mazapán lo sacamos de la nevera para que se ambiente. Con una pequeña cantidad de azúcar glas lo amasamos un poco y hacemos lo que teníamos pensado, como unas estrellas, por ejemplo:

Que también se pueden tostar un poco en el horno:

Miro todas las fotos de estos meses, la mayoría llenas de luz y colores. Algunas, ya otoñales, tan mágicas como esta seta del bosque, que encontramos en nuestra entrada en Galicia, haciendo el Camino de Santiago:

Me entristece este frío que se cuela entre los burletes, las mañanas de hielo, las ventanas húmedas. Solo me inspira soñar que se acerca un tiempo de estrellas blancas, suaves y aterciopeladas como el mazapán. Y que tras él, volverán los colores de brezos y abejas a la estación de Linarejos, donde reinará Peña Redonda, una vez más.

 

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